Evangelio Lc 4, 21-30
Lucas: ¡Hola, amigos y amigas! Soy el evangelista Lucas y voy a seguir la historia de Jesús que os empecé a contar el domingo pasado, ¿os acordáis?
Niño 1: Sí, nos decías que Jesús había venido a ayudar a los pobres, devolver la vista a los ciegos, dar la libertad a los presos.
Niño 2: Y que Jesús había dicho: “Hoy se cumplen las Escrituras, se cumple en mí todo lo dicho por el profeta Isaías”.
Niño 1: La gente de Nazaret estaría muy contenta de que Jesús fuera de su pueblo, ¿verdad, Lucas?
Lucas: Pues no, sus paisanos no estaban muy contentos con Jesús.
Niño 2: ¿Por qué, Lucas?
Lucas: Porque no creían que el hijo de un carpintero, como José, y de María, una mujer sencilla, podía ser alguien tan especial. Veréis lo que pasó.
Niño 3: Ahí dentro, en la sinagoga, has dicho de ti cosas increíbles, Jesús.
Niño 4: No vas a engañarnos, sabemos bien que eres el hijo de José y de María.
Niño 3: No nos des consejos y aplícate el refrán: «Médico, cúrate a ti mismo».
Niño 4: ¿Por qué no haces aquí los milagros que hiciste en Cafarnaún
Jesús: Sería inútil, ningún profeta es bien mirado en su tierra. ¿Os acordáis de lo que le pasó a Elías cuando el hambre asoló todo el país?
Niño 3: Sí, que ayudó a una viuda del pueblo de Sarepta.
Jesús: O sea, a una extranjera. ¿Y recordáis cuántos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo?
Niño 4: Sí, había muchísimos.
Jesús: Y Eliseo no curó a ninguno de ellos, sino sólo a Naamán el Sirio. ¡Otro extranjero!
Niño 3: Tenemos la sensación de que te estás riendo de nosotros, los judíos.
Niño 4: ¡Ten cuidado o te tiramos del monte abajo! No aguantamos más tiempo esas impertinencias.
Lucas: Todos en la sinagoga se pusieron furiosos. Y levantándose lo empujaron fuera del pueblo hasta un barranco del monte con intención de despeñarlo. Pero Jesús se abrió paso entre ellos y se alejaba.