Jesús espera de sus amigos no se den nunca por satisfechos en el intento por ser cada día mejores. El corazón necesita hacerse mejor, embellecer, y con él cada persona. Algo parecido a lo que ocurre con los árboles frutales, que deben dar frutos nuevos y ricos en cada temporada. Y no les debe bastar con haber dado cosecha el año anterior. En el Evangelio de hoy, además de tratar de todo esto, aparece la figura encantadora y entrañable de la persona que cultiva y cuida de la huerta, y que ama tanto a cada árbol que pide una nueva oportunidad para aquel que, en los últimos años, fue vago y no produjo frutos. ¿Arrancarle? ¡No, no, por favor; deja que le dedique más esfuerzo, para que pueda tener ramas llenas de fruto el año próximo!
Si como la higuera no doy,
Señor, los frutos esperados,
mis manos están vacías, no presentan el gozo de la cosecha.
Pero espera, Señor, no pierdas la paciencia.
Cuando llegues a recoger, que mi cosecha
desborde los frutos, y si los que encuentras
no son tantos como esperas,
que sean por amor a Ti, los que he dado.
Vamos a jugar

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