Cuando en la vida nos vengan momentos difíciles, que nos parezcan insuperables y que van a acabar con nosotros, no olvidemos que Jesús venció todo mal, incluso el de su muerte. Dios Padre lo resucitó y le concedió toda la plenitud, y la vida total. Y Jesús quiso que eso mismo lo supieran sus amigos, quienes poco tiempo después le verían insultado, perseguido, apresado y condenado a morir, como si fuera un malhechor. Para que no se derrumbaran por la pena y el desánimo, les llevó al monte Tabor y ante ellos se transformó. Ese que vieron lleno de luz y pleno de blancura, es el que en la cruz parecía tener su destino último. No os desaniméis. Al final vence siempre la vida, el cariño, la verdad.
Jesús,
como Pedro, Santiago y Juan,
quiero retirarme contigo a la montaña
del silencio y de la contemplación
para disfrutar de tu presencia
y acoger tu mensaje de esperanza.
En medio de las decepciones de la vida,
ayúdame a mantener viva la esperanza.
Vamos a jugar

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